
Si hay algo que siempre me ha gustado de las películas de los hermanos Coen es que sus historias recogen momentos no cruciales de la vida de los personajes. Son personas sencillas, normales, sin grandes atributos físicos ni grandes habilidades sociales. No son superhéroes ni personajes que destaquen en algo sorprendente. Son personas, como lo somos tu y yo, que nos dejan ver una parte de su vida, no necesariamente la más importante de la misma ni el punto de giro de toda una existencia. Solamente es un momento más de su vida con sus problemas comunes y sus soluciones tan poco cinematográficas (desde el punto de vista holliwoodiense). Aparece un personaje, tiene un problema que nubla el resto de sus acciones y que acaba resolviéndose de la manera menos esperada, por sí solo, y al día siguiente todo vuelve a su sitio (o a otro sitio pero de la misma poca intensidad). No hay finales a lo "Pretty woman" y es más, estoy seguro que Richard Gere y Julia Roberts acabaron discutiendo por algo tan absurdo como dejarse la tapa sin bajar después de mear.
Nuestra vida es un cúmulo de situaciones que durante un lapso de tiempo acaparan toda tu energía (y que siempre nos parece que no puede haber nada más importante) y que de repente dejan de ser la prioridad de tus vísceras. No hay "chimpón" ni un golpe de platillos que señale el final de este período. Simplemente el problema y tu malestar se va diluyendo en el mar de la vida arrastrado por las olas de los días (uy, demasiado poético pa mi gusto). Pero así es. Hasta que un día te despiertas y tu mente ha hecho un click, y partir de ahí poco a poco dejas de preocuparte por ciertos problemas. Tus vísceras ya no claman soluciones pasionales y tu cerebro ya no dedica largas conversaciones internas para entender lo que está pasando. La vida sigue y tú con ella.
Recientemente he tenido decepciones y rupturas en todos los aspectos de mi vida, en todos los campos de mi existencia. Todo prometía mucho o suponía un reto pero luego, como os decía, acabó en nada. Al principio me sentí muy agobiado porque parece que cuando te cae una, el resto te vienen detrás y además dobladas. Te quedas sin tu proyecto laboral y se van a la mierda otros que tenían muy buena pinta, muertes familiares que remueven otras que te afectaron más, alguna que otra lesión física que te deja metido en casa un par de semanas y que te recuerda que los años no pasan en balde, se te acaba la pasta en el banco, se acaba otra relación más con una mujer... En fin, que si enumeramos cuales son las cosas más importantes de la vida puedes marcar un negativo con boli rojo al ladito de cada una de ellas. Así que como buen ejemplar del síndrome de Peter Pan, tiendes a encogerte en posición fetal retomando el primer estadio de tu vida y esperas que te alimenten el alma a través de un cordón umbilical imaginario. Pero como os decía, no existen grandes soluciones porque no existen grandes problemas. O por lo menos no existe mal que dure 100 años como dice el refrán.
Si os fijáis en los abuelos (y no voy a ponerme a ensalzar de nuevo a esa generación), ellos han pasado una vida llena de emociones de todo tipo, tanto positivas como negativas. Pero éstas no han hecho más que moldear al individuo, y este ha sido moldeado en mayor o menor grado dependiendo de su fortaleza mental.
Las situaciones de por si no llevan incluida una solución ni una consecuencia, es nuestra forma de aceptarlas o no lo que hace que nos afecte en mayor o menor grado. Así pues, una persona que pierde a su hijo puede desquiciarse, suicidarse o simplemente sobrellevarlo. Está claro que a cualquiera le entristecerá enormemente el recuerdo de la persona perdida, pero a algunos los volverá locos y a otros simplemente les quitará un poco de felicidad de por vida. Lo que quiero decir con esto, es que no hay una manera estándar de sobrellevar cada problema. No está estipulado el grado de dolor ni la duración del mismo en ningunas tablas de piedra que bajase de una montaña un señor barbado. Cada uno, entendemos el problema y buscamos una solución a nuestra manera. Eso es lo que nos hace únicos, pero también lo que nos convierte en tan malos consejeros.
Personalmente, yo no suelo solucionar activamente mis problemas, suelo observarme pacientemente, porque sé que en algún momento me despertaré y mi cerebro habrá hecho ese click que necesitaba para cambiar de actitud y que no sé activarlo voluntariamente. Posteriormente aprendo del cambio e incorporo este nuevo conocimiento a mi manera de afrontar nuevos problemas. Y ya os digo que nunca resuenan tambores, ni hay un happy end al uso. Ese mismo día desayuno, como, salgo y duermo como cualquier otro día, o por lo menos como andaba haciendo el día anterior.
De este modo, no os sorprendáis si algún día, después de un cúmulo de marrones solucionados sin más, os aparecen los créditos corridos sobre fondo negro.
P.D.: ¿Por qué a mitad de los créditos de las películas cambian la canción y nunca tiene nada que ver con la anterior, siendo muchas veces hasta inapropiada para la temática de la peli?
Nuestra vida es un cúmulo de situaciones que durante un lapso de tiempo acaparan toda tu energía (y que siempre nos parece que no puede haber nada más importante) y que de repente dejan de ser la prioridad de tus vísceras. No hay "chimpón" ni un golpe de platillos que señale el final de este período. Simplemente el problema y tu malestar se va diluyendo en el mar de la vida arrastrado por las olas de los días (uy, demasiado poético pa mi gusto). Pero así es. Hasta que un día te despiertas y tu mente ha hecho un click, y partir de ahí poco a poco dejas de preocuparte por ciertos problemas. Tus vísceras ya no claman soluciones pasionales y tu cerebro ya no dedica largas conversaciones internas para entender lo que está pasando. La vida sigue y tú con ella.
Recientemente he tenido decepciones y rupturas en todos los aspectos de mi vida, en todos los campos de mi existencia. Todo prometía mucho o suponía un reto pero luego, como os decía, acabó en nada. Al principio me sentí muy agobiado porque parece que cuando te cae una, el resto te vienen detrás y además dobladas. Te quedas sin tu proyecto laboral y se van a la mierda otros que tenían muy buena pinta, muertes familiares que remueven otras que te afectaron más, alguna que otra lesión física que te deja metido en casa un par de semanas y que te recuerda que los años no pasan en balde, se te acaba la pasta en el banco, se acaba otra relación más con una mujer... En fin, que si enumeramos cuales son las cosas más importantes de la vida puedes marcar un negativo con boli rojo al ladito de cada una de ellas. Así que como buen ejemplar del síndrome de Peter Pan, tiendes a encogerte en posición fetal retomando el primer estadio de tu vida y esperas que te alimenten el alma a través de un cordón umbilical imaginario. Pero como os decía, no existen grandes soluciones porque no existen grandes problemas. O por lo menos no existe mal que dure 100 años como dice el refrán.
Si os fijáis en los abuelos (y no voy a ponerme a ensalzar de nuevo a esa generación), ellos han pasado una vida llena de emociones de todo tipo, tanto positivas como negativas. Pero éstas no han hecho más que moldear al individuo, y este ha sido moldeado en mayor o menor grado dependiendo de su fortaleza mental.
Las situaciones de por si no llevan incluida una solución ni una consecuencia, es nuestra forma de aceptarlas o no lo que hace que nos afecte en mayor o menor grado. Así pues, una persona que pierde a su hijo puede desquiciarse, suicidarse o simplemente sobrellevarlo. Está claro que a cualquiera le entristecerá enormemente el recuerdo de la persona perdida, pero a algunos los volverá locos y a otros simplemente les quitará un poco de felicidad de por vida. Lo que quiero decir con esto, es que no hay una manera estándar de sobrellevar cada problema. No está estipulado el grado de dolor ni la duración del mismo en ningunas tablas de piedra que bajase de una montaña un señor barbado. Cada uno, entendemos el problema y buscamos una solución a nuestra manera. Eso es lo que nos hace únicos, pero también lo que nos convierte en tan malos consejeros.
Personalmente, yo no suelo solucionar activamente mis problemas, suelo observarme pacientemente, porque sé que en algún momento me despertaré y mi cerebro habrá hecho ese click que necesitaba para cambiar de actitud y que no sé activarlo voluntariamente. Posteriormente aprendo del cambio e incorporo este nuevo conocimiento a mi manera de afrontar nuevos problemas. Y ya os digo que nunca resuenan tambores, ni hay un happy end al uso. Ese mismo día desayuno, como, salgo y duermo como cualquier otro día, o por lo menos como andaba haciendo el día anterior.
De este modo, no os sorprendáis si algún día, después de un cúmulo de marrones solucionados sin más, os aparecen los créditos corridos sobre fondo negro.
P.D.: ¿Por qué a mitad de los créditos de las películas cambian la canción y nunca tiene nada que ver con la anterior, siendo muchas veces hasta inapropiada para la temática de la peli?
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