
Todos sentimos a la hora de tomar una decisión dos opciones naturales. Una responde a lo que es correcto hacer bajo tu punto de vista, a todo lo que has sido educado por otros y por ti mismo, responde a todo aquello que crees que es de ser “buena persona”. Después está la opción emocional, que abarca esas sensaciones que tienes en el fondo de tus sentimientos a la hora de optar por una decisión u otra.
La primera está influenciada por un sinfín de condicionantes, factores como los “diferentes puntos de vista” y su aceptación casi irracional (convirtiéndose a veces en dogmas de fe), los conceptos “modernos” sobre la relatividad de las opiniones, las “situaciones concretas” de cada individuo que determinan sus comportamientos concretos al respecto de aquellas.
Acorralados ya ante tantos conceptos a tener en cuenta canjeamos nuestros “puntos de vista” por todo un amasijo informe de excusas que conforman una “verdad relativa”, por el simple hecho de no errar en nuestra decisión y por la característica del ser humano que es la búsqueda de la absoluta comodidad.
La segunda, en cambio, es la verdad del yo egoísta. Es la verdad del animal. Es todo ese conjunto de emociones que te asaltan cuando debes tomar una decisión. Son los miedos, pasiones, enfados, cosquilleos internos... Son todas esas partes de ti que te “traicionan” cuando más determinado estás en tomar una decisión y que nacen en algún lugar escondido por ahí detrás del estómago. Es todo aquello que el ser humano lleva milenios intentando extirpar de sus entrañas, bien mediante la religión o bien mediante la nueva fe de la Razón. Es la verdad de tus sentimientos, es en realidad el reflejo en un espejo de lo que sentirías si te hicieran lo que estás decidido a hacer. Y por mucho que nos esforcemos en relativizar esta repuesta jamás conseguimos doblegarla. Es la responsable del por todos conocido “¡mira que lo sabía!” o el no menos aclamado “ya me lo imaginaba yo”.
¿Qué verdad escoger entonces cuando se tiene que optar por una opción u otra y ambas verdades están en desacuerdo? Al parecer, la verdad corporal tendría que ser la opción correcta por aquello de que nadie haría nada que dañase a otro porque entendería que eso podría dañarle a él también si se lo hiciesen. Pero recuerdo que esta verdad está sin educar en sociedad, es la verdad del animal que quiere su beneficio propio y su bienestar. Habría que hablar entonces de cómo es ese animal. Personalmente no me creo el rollo de que todos somos buenos por naturaleza y que la sociedad nos pervierte porque entre muchas cosas los conceptos de bondad y maldad sólo pueden darse en animales sociales. Existe la mezquindad y la bondad a la par en las sociedades animales. Por tanto yo creo que existen las personas buenas y las personas malas, más allá de su educación o su ambiente social. Así pues, creo que si todos escogiésemos la verdad que más nos interesa seguramente esto sería un caos.
¿Qué hacer entonces? ¿Continuamos con el intento de extirpar de nuestras carnes al bonobo que aún tenemos dentro? No creo tampoco que esta fuera la solución. De hecho, hoy por hoy, las relaciones humanas se basan más en la verdad racional y no creo que sean menos caóticas que lo serían de la otra manera. Además, este camino sólo puede conducir a la hipocresía, ya que si actuamos continuamente en contra de nuestra voluntad no seremos nunca sinceros con el prójimo y mucho menos con nosotros mismos. ¿Abanderamos entonces la idea de la verdad corporal? Pfffff, ¿alguien se puede imaginar lo que sería un mundo en el que cada cual hiciese lo que le viniese en gana respondiendo solo a sus deseos puntuales? Creo que el ser humano se volvería tremendamente caprichoso y automimado, a cada victoria de su ego este crecería progresivamente y al final sería totalmente incontrolable.
Este dilema es otra de las grandes putadas de ser un animal inteligente y con capacidad de autocrítica. Nos pasa como a los cíclopes griegos que a cambio de conocer el futuro dieron uno de sus ojos, para al final sólo ser capaces de predecir el día y modo exacto de su muerte. Así, nosotros dimos nuestra existencia hedonista a cambio de la inteligencia y ésta sólo nos produce desconcierto ante todo.
Pues llegados a este punto, he de hacer algo que seguramente estará fatal visto entre la gente que escribe cosas serias de verdad, y es cagarme en dar una respuesta y acabar el texto como lo empecé: aceptando la coexistencia de dos verdades contrapuestas. Lo cierto es que he aprendido a vivir con este tipo de yin-yan de la vida. He decidido desde hace tiempo que la vida no solo tiene un camino o una verdad indiscutible, siempre hay otra manera de pensar la misma idea y hay que aprehenderla y aceptarla como válida. Gracias a esto ya no me asusto cuando los señores oscuros cogen el poder en unas elecciones (aunque los aborrezca al mismo tiempo), porque hay una gran número de gente que piensa en ese momento que será lo mejor para ellos aunque (desgraciadamente) no estén en mi bando.
Eso sí, desde hace poco he aprendido a hacer caso a la verdad de mi cuerpo a la hora de tomar decisiones serias (antes sólo lo hacía en el campo del hedonismo). Si algo tiene de bueno crecer es precisamente que los palos que te dan cada año te hacen más sabio y, por tanto, más fuerte. No voy a dar una solución a este quebradero de cabeza, pero sí que os voy a decir a qué conclusión he llegado yo: lo mejor es convivir con ambas verdades y elegir la verdad de la razón para la convivencia y los problemas menores, y la del cuerpo cuando intuyas que tus actos pueden dañar a otra persona (siempre que no quieras que sea dañada, que hay mucha alimaña por ahí suelta) o causarte sufrimiento a corto o largo plazo.
(Ais... ¡qué poco me gusta acabar así los textos, que parezco La tia Maria la Sentencies!). ¿Si me tiro un pedo cibernético quedaré más underground? Prrrfffffff (a vuestro criterio lo dejo)
Amen hermano... pienso que yo no hubiera sabido salir mas airosa del dilema en el que has decidido enfrascarte...100% de acuerdo.
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